jueves, 18 de septiembre de 2014

Se dejó el pelo suelto para dormir.
Dejó que la almohada se abrazara a sus cabellos
cobrizos,
su pelo oxidado por la lluvia del adiós.
Durmió con el pelo suelto,
y dejó que la osa menor se llevase
todas sus inseguridades a dar una vuelta
y las hiciese más seguras.
Dejó que la brisa del amanecer le susurrara      
sus andanzas al oído.
Dejó que el sol, que salía por el este,
victorioso y férreo, la deshelase.
Dejó que Cassiopeia,
sin su Momo,
se le asomase al pecho y velara su sueño.
Aquella noche se dejó el pelo suelo,
como gritando libertad, como diciendo
que se había descongelado, que había
salido de su letargo.
Se dejó el pelo suelto a la hora de dormir.
Y todo fue mejor.