Llama a mi puerta, y a pesar de intentar
evitarlo al principio,
siempre acabo cediendo y dejando que se
acomode a mi lado.
Nunca tiene bastante, no se encuentra saciado
hasta dejarme a mí exhausta.
Me promete que sólo vendrá a acompañarme
un rato, a amenizar mi noche con sus historias.
Pero al fin y al cabo es un fantasma cabrón y mentiroso.
Viene y me sonríe, y comienza la función.
Empezando sutilmente, suavemente, sin que apenas
sea capaz sea notarlo.
Siempre termina disparando sin piedad
una bala de plomo directa a mi cerebro.
Inyectada de dudas, de incertidumbre
sobre lo que soy, lo que es, y lo que podría haber sido.
Va extendiendo poco a poco una capa color ceniza
sobre todo mi cuerpo.
Llena de recuerdos que me conducen a la nostalgia
y al anhelo de volver a vivir aquellos puntales momentos.
Y aquí está el papel, harto de que le escupa
mi oscuridad,
mis remordimientos,
mis secretos y pasiones más oscuras.
Harto de tener que escuchar mi caos.