jueves, 21 de agosto de 2014

Fuego.

Jugamos con mecheros llenos de más de cien
notas de rencor.
Jugamos con hogueras, hogueras avivadas
por nuestros choques de mirada.
Creamos abismos en el mismísimo infierno,
con nuestros suspiros de despedida.
Nos atrevimos con calderas ardientes,
ardientes de deseo.
El tipo de calderas que tienen todas las brujas.
Y, lo más brujo, siempre será tu espalda.
Y por atrevernos, hasta intentamos jugar
con nosotros mismos.


Porque hemos jugado con el fuego de todas las formas,
habidas y por haber.
Y de tanto jugar, nos quemamos las entrañas,
y acabamos consumidos.


lunes, 11 de agosto de 2014

Musa imaginaria nº12.

Realmente, no se me ocurre ninguna manera ''bonita'' o ''poética'' de comenzar éste texto, sólo es uno más de cientos, uno más de esos en los que hablo conmigo misma sobre alguna chica imaginaria de la que parece que estoy enamorada. Mi musa imaginaria número 12. Por llamarla de algún modo.


Era bonita, eso es algo que nunca nadie podrá discutir,
algo que nunca nadie podrá negar.
Ya eran decenas los que se habían perdido
en sus mechones sueltos y, ¿por qué no decirlo? : revueltos.
Era bonita hasta cuando era taciturna,
hasta cuando hablaba de las demencias ocurridas
en las cumbres de su paladar.
Era bonita hasta cuando lloraba,
cuando tenía los labios tan agrietados
y secos, que solo mil poesías,
mil canciones tristes, mil chupitos de tequila,
podían reanimarla.
Era bonita hasta cuando tarareaba aquella melodía,
aquella jodida melodía tan enfermiza.
La absurda melodía de su pelo aferrándose a su cuello sudoroso.
También la veías bonita cuando la notabas
entre tus piernas, como un lobo en plena luna llena,
buscando amor, calor, y ser salvaje por un rato (o una noche entera).
Cuando te rozaba con los dedos, y te tranformaba,
en su as de picas.
En su carta más valiosa, su truco más sucio.
Era bonita cuando te abrazaba diciéndote adiós,
porque siempre abrazaba como despidiéndose,
al fin de cuentas, creía firmemente  que a cada saludo,
más amenazaba el olvido.
Era bonita porque no tenía término medio,
porque nunca tuvo el placer de conocer el gris,
porque su vida siempre fue en blanco y negro.
Y cuando más bonita me pareció,
fue cuando me enseñó a distinguir de lo irreal y lo real.
Cuando consiguió devolverme mis cuerdas (flojas).
Contra las venas de su cuello, siempre era más fácil morir.