Solía pensar que era omnisciente,
hasta que topé con tu muro,
hasta que intenté escalarlo,
derribarlo...
Puse explosivos a sus alrededores,
cavé túneles de rencor e impasividad.
Y sigo sin llegar al núcleo de tu tierra,
a tu jardín,
a tu infierno,
a lo que esconden tus ojos.
Las plantas maltratadas de mis pies
estaban acostumbradas a caminar
por todo tipo de superficies,
Júpiter me hizo omnipresente.
Hasta que quise recorrer tu sangre,
respirar el oxígeno puro de tus pulmones,
tal vez con algo de egoísmo, tal vez
quería purificar un poco los míos.
Pero mis pies se quedaban atrapados,
y ya no podían mirar atrás,
ni aspirar a llegar al horizonte
de tus venas.
¿Por qué me pones trampas?
¿Por qué me atrapas?
Siempre terminas matándome.
La ambivalencia de tu idioma me consume,
me erosiona como el viento boreal.
Las soluciones a ésta, mi paulatina y dolorosa muerte,
me atormentan.
Ese final tan trágico y cruel
supondría verdaderamente mi muerte,
no sería más que un cuerpo vacío sin alma.
La conclusión y solución se antoja lenta, espesa, casi inalcanzable. ¿Morir de sufrimiento o morir de nostalgia? Lo deletéreo, por desgracia, siempre fue mi opción predilecta.
Tal vez debería de dejar de creerme Peter Pan y asumir la vida plenamente adulta, tal vez debería alejarme de tu explosiva y aleatoria destrucción.
Y quizás si me sumerjo en los cráteres lunares de tu espalda conseguiré que la noche se vuelva eterna.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
jueves, 17 de noviembre de 2016
¿Y si...?
¿Y si fuéramos valientes?
no tendríamos miedo a recorrernos
con los dientes,
no nos importaría besar nuestros
entumecidos párpados,
que vuelan como colibrís
nerviosos y ajetreados,
porque tienen miedo.
Y podríamos recordarnos
sin temer la llegada
de la espesa tormenta.
Y podríamos entrar en nuestras entrañas,
con las pupilas rasgando la laguna Estigia.
Y podríamos arañarnos el lomo
como salvajes que nunca han conocido
civilización alguna.
Y a dentelladas desharíamos
la manzana,
el pecado carnal,
sin reparar en el castigo
que aguardarían nuestros costados.
¿Y si tuviéramos valor?
Creeríamos como niños
en el amor.
Y navegaríamos
entre los acordes
dejando que nuestro alma
se convirtiese en sol menor,
en esa melodía,
que tanta paz traería.
Y la pureza, la pureza de mirarnos, de vernos a través de nuestros ojos, no nos asustaría, y podríamos desnudarnos y despojarnos de aquellas interrogantes, que como carcomas hambrientas,
consumen nuestro cerebro.
Y visitar los caminos, observando y callando, guardando las piedras del viaje en nuestro interior, que habrá alcanzado el nirvana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)