no tendríamos miedo a recorrernos
con los dientes,
no nos importaría besar nuestros
entumecidos párpados,
que vuelan como colibrís
nerviosos y ajetreados,
porque tienen miedo.
Y podríamos recordarnos
sin temer la llegada
de la espesa tormenta.
Y podríamos entrar en nuestras entrañas,
con las pupilas rasgando la laguna Estigia.
Y podríamos arañarnos el lomo
como salvajes que nunca han conocido
civilización alguna.
Y a dentelladas desharíamos
la manzana,
el pecado carnal,
sin reparar en el castigo
que aguardarían nuestros costados.
¿Y si tuviéramos valor?
Creeríamos como niños
en el amor.
Y navegaríamos
entre los acordes
dejando que nuestro alma
se convirtiese en sol menor,
en esa melodía,
que tanta paz traería.
Y la pureza, la pureza de mirarnos, de vernos a través de nuestros ojos, no nos asustaría, y podríamos desnudarnos y despojarnos de aquellas interrogantes, que como carcomas hambrientas,
consumen nuestro cerebro.
Y visitar los caminos, observando y callando, guardando las piedras del viaje en nuestro interior, que habrá alcanzado el nirvana.
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