jueves, 28 de abril de 2016

El abismo en un ombligo.

Los peces escondidos tras la tormenta, aúllan ante el sol que nace.
Se sienten extraños, colapsan al no saber como reaccionar o como comportarse.


Y soy tú, y eres yo.
Y somos pájaros incómodos por el nuevo sol que nos roza.
Por el sol que nos mece.
Estamos hambrientos de melodías sordas en suspiro menor.
Querríamos absorbernos todo el aire y el agua de nuestros cuerpos.
Descubrir bares rancios y construir ruinas compartidas.

Me cuestan cada vez más escupir las letras.
Igual que me cuesta abrir tu caja de pandora,
aun probando todas las llaves halladas en el océano.
Me cuesta mantenerme en pie cuando de repente
dejo de localizar tu sombra.
Me cuesta no caer ante el huracán,
no solidificarme en la lava del volcán.

Puede ser que estés viciado a que me cueste descifrarte.

Vuelo, vuelo en la catarata del olvido.
Aleteo, aleteo en la cima para localizarte.

Mi boca ha recordado inconscientemente el sabor de tu ombligo.
Ese que fue mi alimento durante tantos días sin pan.
He gastado 6 de 7 mi vidas en él,
tal vez por eso no pueda volver, tal vez maduré,
y decidí que conservar mi vida para forjarla era prioritario.
Pero éste cascarón racional es débil,
y tengo miedo de convertir mis ganas en prioridad,
y permitirme el lujo de sucumbir y gastar la última de
mis oportunidades en tu ombligo.

Las últimas burbujas de mi último oxígeno respiran sobre el reflejo del sol en el agua.
El último de mis dedos aferrados resbala por la pared del abismo.



miércoles, 6 de abril de 2016

Inicio

Deslizaba el dedo distraida y suavemente
por la mantequilla.
La tostada de la tarde ardía
y una canción esbeltamente esculpida
hacía brotar la brutalidad de mis entrañas.
Y el dedo se hundía en la mantequilla,
y ésta se derretía,
como yo me derretía en tus caderas,
que hechas de nieve se desmoronaban
y sucumbían a mis manos,
para llegar a mi boca y calmar la sed
de todas las nubes en las que no pude
refugiarme en tu derrotada cordura.
Y mis ojos, no veían más allá de
los ladrillos rojizos, donde mi mente
proyectaba tu ausencia.
Han impreso mapas del mundo en mis labios,
han recorrido con fuego la suave elipse
de mi cintura,
han dibujado canciones de apocalipsis
en mis orejas.
He sentido con las plantas de los pies
un suelo frío de marzo.
Que era el doble de frío por no ser el tuyo.
Pero no sé.
La tostada se ha quemado.
Y los ladrillos rojos me recuerdan a que nada
puede compararse con tu universo.