miércoles, 6 de abril de 2016

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Deslizaba el dedo distraida y suavemente
por la mantequilla.
La tostada de la tarde ardía
y una canción esbeltamente esculpida
hacía brotar la brutalidad de mis entrañas.
Y el dedo se hundía en la mantequilla,
y ésta se derretía,
como yo me derretía en tus caderas,
que hechas de nieve se desmoronaban
y sucumbían a mis manos,
para llegar a mi boca y calmar la sed
de todas las nubes en las que no pude
refugiarme en tu derrotada cordura.
Y mis ojos, no veían más allá de
los ladrillos rojizos, donde mi mente
proyectaba tu ausencia.
Han impreso mapas del mundo en mis labios,
han recorrido con fuego la suave elipse
de mi cintura,
han dibujado canciones de apocalipsis
en mis orejas.
He sentido con las plantas de los pies
un suelo frío de marzo.
Que era el doble de frío por no ser el tuyo.
Pero no sé.
La tostada se ha quemado.
Y los ladrillos rojos me recuerdan a que nada
puede compararse con tu universo.

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