éramos supersónicos,
e invencibles.
Y simplemente porque nos lo creíamos.
Éramos superhéroes de nosotros mismos,
nuestros propios y únicos salvadores.
Creíamos con total certeza que éramos
átomicos.
Y eso, que nunca fuimos de átomos.
Siempre fuimos más de improvisaciones,
de sexo en teatros abandonados,
dónde ya el único espectáculo éramos nosotros,
y los espasmos de nuestros cuerpos.
Tampoco fuimos de agendas, ni de
calendarios.
Era muchísimo mejor el perder la noción
del tiempo entre copas de champán barato.
Podría decir, que estar contigo era como
acostarse entre mantas y levantar con el calor
endulzado del mes de agosto.
Y pensábamos que éramos invencibles.
Rompiendo toda y cada una de las reglas,
re-inventándolas, más bien.
Tan al límite, tan viviendo en esa burbuja
que nos estallaría en las narices de un momento
a
otro.

Y la única conclusión que se podría sacar,
de dos personas tan caóticas, tan al precipicio,
es que las cuerdas podridas acaban rasgándose,
y que nadie sobrevive eternamente a la ventisca.
Éramos superhéroes de nosotros mismos,
nuestros propios y únicos salvadores.
Creíamos con total certeza que éramos
átomicos.
Y eso, que nunca fuimos de átomos.
Siempre fuimos más de improvisaciones,
de sexo en teatros abandonados,
dónde ya el único espectáculo éramos nosotros,
y los espasmos de nuestros cuerpos.
Tampoco fuimos de agendas, ni de
calendarios.
Era muchísimo mejor el perder la noción
del tiempo entre copas de champán barato.
Podría decir, que estar contigo era como
acostarse entre mantas y levantar con el calor
endulzado del mes de agosto.
Y pensábamos que éramos invencibles.
Rompiendo toda y cada una de las reglas,
re-inventándolas, más bien.
Tan al límite, tan viviendo en esa burbuja
que nos estallaría en las narices de un momento
a
otro.

Y la única conclusión que se podría sacar,
de dos personas tan caóticas, tan al precipicio,
es que las cuerdas podridas acaban rasgándose,
y que nadie sobrevive eternamente a la ventisca.