Era un grito desesperado
procedente de una garganta
que ansía la libertad.
Era una oruga atrapada en su capullo,
incapaz de abrir las alas
por miedo a que el sol vespertino
las abrasase.
Era una canción cuyo
sonido era chirriante
pero adictivo,
como las hojas de otoño,
que se acumulaban
en su piel.
Era un gemido de lucha,
era un gemido de despedida,
era un gemido de destrucción.
Era un constante quebrar de huesos,
un constante atardecer,
siempre atrapada entre la luz suave
y la abrupta oscuridad.
Era una vasija rota,
manaba incertidumbre
púrpura por sus grietas.
Era un colibrí con el pico roto,
corroído por los néctares
dulces de las venenosas madrugadas.
Era un bomba a punto de estallar,
a punto de salpicar el rostro de todos
de realidad
y de lluvia de marzo.
Inferno.
Y quizás si me sumerjo en los cráteres lunares de tu espalda conseguiré que la noche se vuelva eterna.
miércoles, 22 de marzo de 2017
martes, 21 de marzo de 2017
El tintineo de las almas
''Yo respeto a mi veneno porque va a matarme''.
Son polillas que chocan contra el hielo una y otra vez,
son peces que tratan de tomar una bocanada desesperada
de oxígeno,
son manos frágiles que buscan a tientas un trozo
de acero que agarrar,
o una espina dorsal que destrozar
poco a poco, mientras el fuego arde
y hace de la madera dolorosas astillas.
Son pequeños demonios de dientes largos,
son cristales finos que atraviesan el esófago
sin que llegues a notarlos nunca
Son bombas atómicas.
Emociones tan intensas
que no pueden ajustarse
a ninguna palabra.
Lucho con y contra mis percepciones,
quiero que el Sol cuide de mis cabellos,
quiero que la Luna me desvele y me inyecte locura.
Me deconstruyo ante las almas,
buceo en lo oscuro para encontrarlas,
quiero sentir sus ápices puros,
quiero que se adhieran a mi piel.
Y septiembre gritando mi nombre,
y mayo llorando por mí,
y noviembre reteniéndome.
Me duele el pecho, el mundo gira y no lo noto, mi cabeza va tan rápido que no soy capaz de atrapar mis pensamientos y destriparlos.
Resultan interrogantes que debo cargar a mis espaldas.
Sólo se quedan ahí, presionándome contra el mundo y contra la cordura.
Y hay cuervos que se deleitan con mis órganos,
y hay algo podrido que no puedo eliminar,
porque tal vez,
no quiera.
Son polillas que chocan contra el hielo una y otra vez,
son peces que tratan de tomar una bocanada desesperada
de oxígeno,
son manos frágiles que buscan a tientas un trozo
de acero que agarrar,
o una espina dorsal que destrozar
poco a poco, mientras el fuego arde
y hace de la madera dolorosas astillas.
Son pequeños demonios de dientes largos,
son cristales finos que atraviesan el esófago
sin que llegues a notarlos nunca
Son bombas atómicas.
Emociones tan intensas
que no pueden ajustarse
a ninguna palabra.
Lucho con y contra mis percepciones,
quiero que el Sol cuide de mis cabellos,
quiero que la Luna me desvele y me inyecte locura.
Me deconstruyo ante las almas,
buceo en lo oscuro para encontrarlas,
quiero sentir sus ápices puros,
quiero que se adhieran a mi piel.
Y septiembre gritando mi nombre,
y mayo llorando por mí,
y noviembre reteniéndome.
Me duele el pecho, el mundo gira y no lo noto, mi cabeza va tan rápido que no soy capaz de atrapar mis pensamientos y destriparlos.
Resultan interrogantes que debo cargar a mis espaldas.
Sólo se quedan ahí, presionándome contra el mundo y contra la cordura.
Y hay cuervos que se deleitan con mis órganos,
y hay algo podrido que no puedo eliminar,
porque tal vez,
no quiera.
lunes, 6 de marzo de 2017
Finales abiertos
Finales que no llegan a completar su significado,
porque forman parte de historias que no acaban
porque forman parte de poemas pausados, pero no terminados.
Lenguas que se rozan pero que no saben componer una sinfonía,
manos que se chocan y hacen girar el mundo.
Una melodía electrifica mi columna,
y es la melodía de las sensaciones que se acumulan.
Hay trozos impares que no están destinados
a encontrar un tiesto donde florecer,
y yo soy un trozo que nunca termina de ajustarse a nada,
cuyas muecas acaban rechazando a la otra mitad.
La sal pegada a los hombros,
la arena de tu recuerdo por mis muslos,
recuerdos que mi paladar no quiere dejar de saborear
pero que tienen
que encontrar su propio final,
para alcanzar su catarsis,
para volar.
porque forman parte de historias que no acaban
porque forman parte de poemas pausados, pero no terminados.
Lenguas que se rozan pero que no saben componer una sinfonía,
manos que se chocan y hacen girar el mundo.
Una melodía electrifica mi columna,
y es la melodía de las sensaciones que se acumulan.
Hay trozos impares que no están destinados
a encontrar un tiesto donde florecer,
y yo soy un trozo que nunca termina de ajustarse a nada,
cuyas muecas acaban rechazando a la otra mitad.
La sal pegada a los hombros,
la arena de tu recuerdo por mis muslos,
recuerdos que mi paladar no quiere dejar de saborear
pero que tienen
que encontrar su propio final,
para alcanzar su catarsis,
para volar.
lunes, 23 de enero de 2017
Mátame, cúlpame, ámame.
Las ausencias se me hacen inmarcesibles.
Cúlpame.
Cúlpame por no saber sacar las conclusiones
de mi pecho,
por no saber identificar el fin de mis actos,
por no poder clavarle unas tijeras al olvido,
por no saber cerrar ciclos.
(Es todo culpa de la falsa libertad que me dieron los pájaros)
Cúlpame por la incoherencia
que se apodera de mi cuerpo,
por no poder actúar como un títere más
de éste juego mortal.
Cúlpame por el desastre,
por dejarme acunar tan asiduamente
por las luces de neón.
Mátame.
Mátame por las noches a oscuras
que he tejido con mis dedos,
cuando el pensamiento del fin
me invade la mente y la espina dorsal.
Mátame por la arrogancia,
por no saber lo que es la calma,
por vivir en lo más profundo del ciclón,
en su vórtice,
observando la destrucción que me rodea.
Por querer tener mis manos y mis labios
perpetuamente llenos.
Ámame.
Ámame porque me arrancaré la piel a tiras
cuando la ventisca te azote,
Ámame porque dejaré que bebas
de mis lágrimas,
porque invadiré todos los planetas,
porque inmolaré mis huesos junto al sol
para que puedas ser libre
y para que por fin puedas mostrar
tu piel cuarteada sin pudor.
Cúlpame.
Cúlpame por no saber sacar las conclusiones
de mi pecho,
por no saber identificar el fin de mis actos,
por no poder clavarle unas tijeras al olvido,
por no saber cerrar ciclos.
(Es todo culpa de la falsa libertad que me dieron los pájaros)
Cúlpame por la incoherencia
que se apodera de mi cuerpo,
por no poder actúar como un títere más
de éste juego mortal.
Cúlpame por el desastre,
por dejarme acunar tan asiduamente
por las luces de neón.
Mátame.
Mátame por las noches a oscuras
que he tejido con mis dedos,
cuando el pensamiento del fin
me invade la mente y la espina dorsal.
Mátame por la arrogancia,
por no saber lo que es la calma,
por vivir en lo más profundo del ciclón,
en su vórtice,
observando la destrucción que me rodea.
Por querer tener mis manos y mis labios
perpetuamente llenos.
Ámame.
Ámame porque me arrancaré la piel a tiras
cuando la ventisca te azote,
Ámame porque dejaré que bebas
de mis lágrimas,
porque invadiré todos los planetas,
porque inmolaré mis huesos junto al sol
para que puedas ser libre
y para que por fin puedas mostrar
tu piel cuarteada sin pudor.
miércoles, 11 de enero de 2017
Caos (I)
Tal vez sólo esté esperando la redención,
tal vez la esté buscando entre llamas
y camas equivocadas.
Tal vez he asumido demasiado rápido
que nunca podré escapar de las fauces
del caos.
Oh, mi viejo e inseparable amigo.
Me ofrece placeres fatuos
a ritmo de frenéticas melodías.
Me tiende la mano y me sonríe
con sus dientes picados.
Hace que mi piel transmute
a horas que se acercan
peligrosamente al amanecer.
Y lo único que sé con total certeza,
es que si no puedo hacer de mi alma un poema
es por su culpa.
El furor del fuego
me recorre.
Joder, joder, yo sólo quiero arder...
Quemándome paulatinamente
ascendiendo al paraíso
mientras mi carne se torna ascuas.
Una mirada atravesada en mi garganta,
unos dedos presionando mi labio inferior,
luchan con mis dientes para entrar
en mi quemada boca.
Me late en los párpados
la adrenalina de la violencia.
Si te tengo rozando mis caderas
si te tengo mordiéndome la espalda
si te tengo cerca, querido caos...
Me posees,
quiero abrirme el pecho
y que ese lobo enjaulado
comience a aullar.
Tú, tú, que me hiciste
adicta a algo que ni siquiera conozco.
Tormento y pasión. Vida y muerte en ambos costados. Me vuelve la conciencia cuando las palmas ásperas de tus manos dejan de presionarme contra la pared del tiempo, contra la pared del vicio, contra todas las dimensiones. No sé si quiero recuperar la conciencia. No sé si quiero intentar alcanzar el horizonte. No sé si simplemente quiero poner en mis labios esa sonrisa que sólo entiendes tú, ponerla bruscamente sobre mis labios y morir en el éxtasis de las paredes que rugen.
tal vez la esté buscando entre llamas
y camas equivocadas.
Tal vez he asumido demasiado rápido
que nunca podré escapar de las fauces
del caos.
Oh, mi viejo e inseparable amigo.
Me ofrece placeres fatuos
a ritmo de frenéticas melodías.
Me tiende la mano y me sonríe
con sus dientes picados.
Hace que mi piel transmute
a horas que se acercan
peligrosamente al amanecer.
Y lo único que sé con total certeza,
es que si no puedo hacer de mi alma un poema
es por su culpa.
El furor del fuego
me recorre.
Joder, joder, yo sólo quiero arder...
Quemándome paulatinamente
ascendiendo al paraíso
mientras mi carne se torna ascuas.
Una mirada atravesada en mi garganta,
unos dedos presionando mi labio inferior,
luchan con mis dientes para entrar
en mi quemada boca.
Me late en los párpados
la adrenalina de la violencia.
Si te tengo rozando mis caderas
si te tengo mordiéndome la espalda
si te tengo cerca, querido caos...
Me posees,
quiero abrirme el pecho
y que ese lobo enjaulado
comience a aullar.
Tú, tú, que me hiciste
adicta a algo que ni siquiera conozco.
Tormento y pasión. Vida y muerte en ambos costados. Me vuelve la conciencia cuando las palmas ásperas de tus manos dejan de presionarme contra la pared del tiempo, contra la pared del vicio, contra todas las dimensiones. No sé si quiero recuperar la conciencia. No sé si quiero intentar alcanzar el horizonte. No sé si simplemente quiero poner en mis labios esa sonrisa que sólo entiendes tú, ponerla bruscamente sobre mis labios y morir en el éxtasis de las paredes que rugen.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
omnes, -i.
Solía pensar que era omnisciente,
hasta que topé con tu muro,
hasta que intenté escalarlo,
derribarlo...
Puse explosivos a sus alrededores,
cavé túneles de rencor e impasividad.
Y sigo sin llegar al núcleo de tu tierra,
a tu jardín,
a tu infierno,
a lo que esconden tus ojos.
Las plantas maltratadas de mis pies
estaban acostumbradas a caminar
por todo tipo de superficies,
Júpiter me hizo omnipresente.
Hasta que quise recorrer tu sangre,
respirar el oxígeno puro de tus pulmones,
tal vez con algo de egoísmo, tal vez
quería purificar un poco los míos.
Pero mis pies se quedaban atrapados,
y ya no podían mirar atrás,
ni aspirar a llegar al horizonte
de tus venas.
¿Por qué me pones trampas?
¿Por qué me atrapas?
Siempre terminas matándome.
La ambivalencia de tu idioma me consume,
me erosiona como el viento boreal.
Las soluciones a ésta, mi paulatina y dolorosa muerte,
me atormentan.
Ese final tan trágico y cruel
supondría verdaderamente mi muerte,
no sería más que un cuerpo vacío sin alma.
La conclusión y solución se antoja lenta, espesa, casi inalcanzable. ¿Morir de sufrimiento o morir de nostalgia? Lo deletéreo, por desgracia, siempre fue mi opción predilecta.
Tal vez debería de dejar de creerme Peter Pan y asumir la vida plenamente adulta, tal vez debería alejarme de tu explosiva y aleatoria destrucción.
hasta que topé con tu muro,
hasta que intenté escalarlo,
derribarlo...
Puse explosivos a sus alrededores,
cavé túneles de rencor e impasividad.
Y sigo sin llegar al núcleo de tu tierra,
a tu jardín,
a tu infierno,
a lo que esconden tus ojos.
Las plantas maltratadas de mis pies
estaban acostumbradas a caminar
por todo tipo de superficies,
Júpiter me hizo omnipresente.
Hasta que quise recorrer tu sangre,
respirar el oxígeno puro de tus pulmones,
tal vez con algo de egoísmo, tal vez
quería purificar un poco los míos.
Pero mis pies se quedaban atrapados,
y ya no podían mirar atrás,
ni aspirar a llegar al horizonte
de tus venas.
¿Por qué me pones trampas?
¿Por qué me atrapas?
Siempre terminas matándome.
La ambivalencia de tu idioma me consume,
me erosiona como el viento boreal.
Las soluciones a ésta, mi paulatina y dolorosa muerte,
me atormentan.
Ese final tan trágico y cruel
supondría verdaderamente mi muerte,
no sería más que un cuerpo vacío sin alma.
La conclusión y solución se antoja lenta, espesa, casi inalcanzable. ¿Morir de sufrimiento o morir de nostalgia? Lo deletéreo, por desgracia, siempre fue mi opción predilecta.
Tal vez debería de dejar de creerme Peter Pan y asumir la vida plenamente adulta, tal vez debería alejarme de tu explosiva y aleatoria destrucción.
jueves, 17 de noviembre de 2016
¿Y si...?
¿Y si fuéramos valientes?
no tendríamos miedo a recorrernos
con los dientes,
no nos importaría besar nuestros
entumecidos párpados,
que vuelan como colibrís
nerviosos y ajetreados,
porque tienen miedo.
Y podríamos recordarnos
sin temer la llegada
de la espesa tormenta.
Y podríamos entrar en nuestras entrañas,
con las pupilas rasgando la laguna Estigia.
Y podríamos arañarnos el lomo
como salvajes que nunca han conocido
civilización alguna.
Y a dentelladas desharíamos
la manzana,
el pecado carnal,
sin reparar en el castigo
que aguardarían nuestros costados.
¿Y si tuviéramos valor?
Creeríamos como niños
en el amor.
Y navegaríamos
entre los acordes
dejando que nuestro alma
se convirtiese en sol menor,
en esa melodía,
que tanta paz traería.
Y la pureza, la pureza de mirarnos, de vernos a través de nuestros ojos, no nos asustaría, y podríamos desnudarnos y despojarnos de aquellas interrogantes, que como carcomas hambrientas,
consumen nuestro cerebro.
Y visitar los caminos, observando y callando, guardando las piedras del viaje en nuestro interior, que habrá alcanzado el nirvana.
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