miércoles, 30 de noviembre de 2016

omnes, -i.

Solía pensar que era omnisciente,
hasta que topé con tu muro,
hasta que intenté escalarlo,
derribarlo...
Puse explosivos a sus alrededores,
cavé túneles de rencor e impasividad.
Y sigo sin llegar al núcleo de tu tierra,
a tu jardín,
a tu infierno,
a lo que esconden tus ojos.
Las plantas maltratadas de mis pies
estaban acostumbradas a caminar
por todo tipo de superficies,
Júpiter me hizo omnipresente.
Hasta que quise recorrer tu sangre,
respirar el oxígeno puro de tus pulmones,
tal vez con algo de egoísmo, tal vez
quería purificar un poco los míos.
Pero mis pies se quedaban atrapados,
y ya no podían mirar atrás,
ni aspirar a llegar al horizonte
de tus venas.
¿Por qué me pones trampas?
¿Por qué me atrapas?
Siempre terminas matándome.
La ambivalencia de tu idioma me consume,
me erosiona como el viento boreal.
Las soluciones a ésta, mi paulatina y dolorosa muerte,
me atormentan.
Ese final tan trágico y cruel
supondría verdaderamente mi muerte,
no sería más que un cuerpo vacío sin alma.


La conclusión y solución se antoja lenta, espesa, casi inalcanzable. ¿Morir de sufrimiento o morir de nostalgia? Lo deletéreo, por desgracia, siempre fue mi opción predilecta.
Tal vez debería de dejar de creerme Peter Pan y asumir la vida plenamente adulta, tal vez debería alejarme de tu explosiva y aleatoria destrucción.



No hay comentarios:

Publicar un comentario