miércoles, 11 de enero de 2017

Caos (I)

Tal vez sólo esté esperando la redención,
tal vez la esté buscando entre llamas
y camas equivocadas.
Tal vez he asumido demasiado rápido
que nunca podré escapar de las fauces
del caos.
Oh, mi viejo e inseparable amigo.
Me ofrece placeres fatuos
a ritmo de frenéticas melodías.
Me tiende la mano y me sonríe
con sus dientes picados.
Hace que mi piel transmute
a horas que se acercan
peligrosamente al amanecer.
Y lo único que sé con total certeza,
es que si no puedo hacer de mi alma un poema
es por su culpa.
El furor del fuego
me recorre.
Joder, joder, yo sólo quiero arder...
Quemándome paulatinamente
ascendiendo al paraíso
mientras mi carne se torna ascuas.
Una mirada atravesada en mi garganta,
unos dedos presionando mi labio inferior,
luchan con mis dientes para entrar
en mi quemada boca.
Me late en los párpados
la adrenalina de la violencia.
Si te tengo rozando mis caderas
si te tengo mordiéndome la espalda
si te tengo cerca, querido caos...
Me posees,
quiero abrirme el pecho
y que ese lobo enjaulado
comience a aullar.
Tú, tú, que me hiciste
adicta a algo que ni siquiera conozco.

Tormento y pasión. Vida y muerte en ambos costados. Me vuelve la conciencia cuando las palmas ásperas de tus manos dejan de presionarme contra la pared del tiempo, contra la pared del vicio, contra todas las dimensiones. No sé si quiero recuperar la conciencia. No sé si quiero intentar alcanzar el horizonte. No sé si simplemente quiero poner en mis labios esa sonrisa que sólo entiendes tú, ponerla bruscamente sobre mis labios y morir en el éxtasis de las paredes que rugen. 






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