Era noviembre, aunque diciembre se asomaba titubeante por la esquina y comenzaba a amenazar.
La noche era oscura, densa, la niebla se apoderaba caprichosa de cualquier rincón.
Las 4 de la madrugada, en un callejón de mala muerte un antro mal iluminado con vodka barato y adultos jugando a matarse era lo único que permanecía abierto en aquella inmensa y asfixiante ciudad.
No sabía por qué estaba bebiendo, sola y rodeada de rostros fébriles, podridos, y a punto de descomponerse.
Nunca había sido ese tipo de persona.
Tal vez la única respuesta tangible era que en aquella ocasión la vida le había golpeado demasiado fuerte, dejándola fuera de combate.
Tan sumamente fuerte que ya no le importaba.
Se hallaba sentada en un taburete roído, con una mesita a punto de hacerse pedazos a la altura de sus rodillas.
Miraba su vaso cuando dos personas entraron, dos personas que llamaron inmediatamente su atención y que se sentaron relativamente enfrente suya,
Eran una pareja.
O tal vez no.
Lo que era claramente evidente es que no eran personas convencionales (de esas que te encuentras en la cola de un supermercado y a las que sonríes plácidamente).
Les pidió un cigarrillo.
La invitaron a quedarse un rato, mirándola como un camello a un yonki, como quien le da morfina a un enfermo.
Comenzaron a hablar de fantasía, de cometer atrocidades tales como ir a la luna y volver en lo que dura la muerte de una mariposa.
Nunca volvieron a verla en la ciudad.