Te deslizas por las aceras,
buscando algún café sombrío donde
darle vida a tus peores sueños y mejores
pesadillas.
Las ramas de tus dedos se enredan con el agua
que fluye a tu alrededor.
Sientes el aire despertando tus sentidos,
abrazando tus rodillas.
Da igual si caes, no importa,
hacerte sangre, destrozarte.
Has sentido la ciudad palpitando al ritmo
de tu vertiginoso corazón, gritando en silencio
a tu lado.
Has visto tu alma separarse de tu parte
corpórea y volar.
Y sobrevolar los pájaros que chapotean
en el río,
la has visto caer en el más absurdo de los engaños,
la has visto enamorarse de cualquier camino que llevase al cielo
y de cualquier persona que pasase fugaz ante
tus pupilas.
Incluso la has pillado in fraganti intentando
alcanzar el firmamento de puntillas sobre
antenas parabólicas,
Lo efímero siempre es lo más durarero.
Y quizás si me sumerjo en los cráteres lunares de tu espalda conseguiré que la noche se vuelva eterna.
martes, 28 de abril de 2015
Desvaríos y calvarios.
Desvaríos como los que suponen el verte a mi lado,
el sentirte haciendo hogueras en mi espalda,
el ver las paredes sin tu olor o tu tacto.
Calvarios causados por ya no poder imaginarte.
Por tener frío y sentir los copos de nieve bailando
hacia la muerte en mi columna vertebral.
O por habitar una habitación inerte,
asfixiante, hiriente.
Al final la decisión es clara.
Prefieres ser un loco empedernido,
de ésos cuya sonrisa nadie puede descifrar,
a un ser sin alma.
Calvarios tan asfixiantes como ver tu rostro sin vida.
Entiéndeme, sigues vivo,
pero te hayas postrado ante la vida,
sin lanzarte al río de cabeza y hundirte sin miedo.
Sin visitar(me) los rincones que antes acostumbrabas
a llenar.
Desvaríos,
tan dañinos como comenzar a habituarse
a los callejones.
Empezar a ocultarse en la pálida y fría sombra,
a deambular.
Una función que se ha acabado, pero que intentamos
prolongar con la más infantil de las resignaciones.
Al final, sólo quedarán cenizas desperdigadas.
el sentirte haciendo hogueras en mi espalda,
el ver las paredes sin tu olor o tu tacto.
Calvarios causados por ya no poder imaginarte.
Por tener frío y sentir los copos de nieve bailando
hacia la muerte en mi columna vertebral.
O por habitar una habitación inerte,
asfixiante, hiriente.
Al final la decisión es clara.
Prefieres ser un loco empedernido,
de ésos cuya sonrisa nadie puede descifrar,
a un ser sin alma.
Calvarios tan asfixiantes como ver tu rostro sin vida.
Entiéndeme, sigues vivo,
pero te hayas postrado ante la vida,
sin lanzarte al río de cabeza y hundirte sin miedo.
Sin visitar(me) los rincones que antes acostumbrabas
a llenar.
Desvaríos,
tan dañinos como comenzar a habituarse
a los callejones.
Empezar a ocultarse en la pálida y fría sombra,
a deambular.
Una función que se ha acabado, pero que intentamos
prolongar con la más infantil de las resignaciones.
Al final, sólo quedarán cenizas desperdigadas.
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