jueves, 24 de abril de 2014

Bang.

''Era madrugada cuando supe que ya nada más me ataba allí''.

Un neón a media vida parecía recitar una monótona melodía tras su cabeza.
Iba a reventar.
Todo lo que conocía reventaría en cuestión de horas.
Retuvo el aire en sus pulmones durante exactamente cinco segundos y medio.
Derribó la puerta y consiguió llegar a la gran explanada de adoquín rojo.
La terraza.
El viento comenzó a batir su pelo, convirtiéndolo en un mar completamente embravecido y furioso.
Estaba acostumbrada a que le dijeran que su gran virtud siempre fue su propia libertad.
Siempre había sido errante.
Por eso quizás siempre había sentido ese sentimiento asfixiante cuando intentaba atarse a algo fijo. 

''¿Cómo puedes darme todo, sabiendo lo que soy, solo una bomba errante y confusa?''

Tú haces grande todo lo que soy.
Comenzó a llover, una persona más o menos normal habría salido despavorida impulsada por el deseo de huir de la lluvia.
Y ella, empezó a bailar mientras su tez se humedecía.
Y ella solo tenía ganas de reír.
De un modo u otro era libre y única.
Había conseguido el deseo de todo ser humano simplemente siendo ella misma.
Comenzó a explotar todo a su alrededor.
Comenzó a llenarse el aire de colores que la bañaban convirtiéndola en el más rebelde arco iris.
El apocalipsis llegó y vistió todo con un aire nuevo.
¿Estaría soñando? En cualquier caso, había llegado su turno.
Bang.






domingo, 20 de abril de 2014

Ruleta rusa.

La noche nunca perdona,
ni olvida.
Pasiones de piel levantada.
Otoños crueles y sanguinarios.
Porque ya no sé que es mejor.
Si la ruleta rusa,
el harakiri,
o el olvido.
Reventarme los sesos
con una de tus miradas,
o rajarme el éstomago,
con uno de tus besos.
La oscuridad es recíproca.

Selene (3º y última parte)

Nota al lector:
El nombre del blog y el textito que está al principio de este salieron de este poema, ya que irónicamente, esta 3º  parte fue la primera que escribí.



Y mi mundo cambió drásticamente
cuando entró en mi vida.
Aún decoro mis madrugadas
con preguntas, al pensar en ella.
¿Qué inusual magia guardaba tras sus orejas?
Aquella chica,
a la que le gustaban todos los días de la semana.
Cuando me susurraba que todos
eran bonitos, 
con una carcajada y alguna canción.
Ella, que me cogía de la mano,
y me contaba los eclipses de sus caderas.

Ella, que me sonreía
mientras observaba mi boca,
y luego salía corriendo.
Ella, que me decía,
que el secreto estaba en la (in)diferencia.
Nunca logré adivinar si sonreía
porque era demasiado triste,
o si lloraba porque era
demasiado feliz.
  

Y en una semana consiguió,
darle la vuelta a mi cabeza.
Ella, que siempre iba con las pupilas
alborotadas,
y los pies en los cráteres lunares.
Ella, que llovía sobre si misma,
con la nostalgia de las comisuras
de sus labios.
Recuerdos etéreos de aquellas veces
en la que la oía escaparse al alba,
simplemente por ver a los pájaros,
despertar.
Esa niña de ojos desilusionados,
y sonrisa tenue.
Cuya bendita locura me llevó a mí a la mía.
A esta locura enfermiza, que no puedo superar.

Sin ella.



Drogadicción.

La noche acechaba, ella, como cada día tras la puesta de sol, se adentraba en la oscura y apagada inmensidad de la ciudad.
Se sumergía en aquel universo del que ya no podía huir.
No había vuelta atrás, no habían miradas de remordimiento al camino ya hecho.
Vendería su existencia por un gramo de coca.
Aquel mundo multicolor en el solo algunos algunas almas son capaces de entrar.
Caminaba sola por la ciudad.
Observaba con detalle cada rincón, cada esquina, cada paso que daba en aquella lúgubre urbe.
Ciertamente, ella nunca estaba sola, siempre iba acompañada de aquel fantasma que amenazaba con matarla de algún exceso.
Ese fantasma manifestado en pastillas, o en aquel famoso polvo mortífero.
Ella, 
cada noche,
salía con sus ojeras apagadas y su sonrisa cansada.
Ella,
cada noche,
salía en busca de alguna sobredosis con la que acabar con su vida.



jueves, 10 de abril de 2014

La rosa suicida.

La rosa suicida,
crecía nostálgica entre
las vías del tren.
La rosa suicida nacía
tras mi tobillo,
cuando llegaba el frío.
La rosa suicida,
ansiaba morir entre los dedos,
del poeta.
Y en cambio volvía a la vida,
cuando escuchaba sus delirios
nocturnos.
La rosa suicida quería marchitarse,
sobre la boca del loco.
Quería deshacerse de sí misma
y hacer volar sus pétalos,
en la ventisca.
Y la rosa suicida,
nunca murió.


Descomposición de lo macabro.

Vuelan nuestras cenizas
sobre París.
Las gárgolas nos observan
con la certeza,
de que seremos sus próximas presas.

Y en algún rincón en penumbra,
un borracho cae al suelo ensangrentado.

¿Quién nos salvará este plenilunio?
Sangre.
Olor a putrefacción.
La descomposición de lo macabro
no es más que una partitura quemada,
de mí misma,
y de las gárgolas de Notre Dame.


Cuerpos demoníacos,
y sonrisa infernal.
¡Gárgolas!


miércoles, 2 de abril de 2014

Ni a nuestra mente.

En la cuerda floja,
y a la vez en lo más alto.
Desprecié los rascacielos desde siempre,
solo quieren imitar a los pájaros.
Vigésima hora del día.
Anochece.
Y vuelven a resurgir las cenizas en mi piel.
''Nadie es dueño de su locura''.
Me escribió hace algún solsticio.
Y que razón tenía.
Ya no poseemos ni a nuestra propia mente.