Vuelan nuestras cenizas
sobre París.
Las gárgolas nos observan
con la certeza,
de que seremos sus próximas presas.
Y en algún rincón en penumbra,
un borracho cae al suelo ensangrentado.
¿Quién nos salvará este plenilunio?
Sangre.
Olor a putrefacción.
La descomposición de lo macabro
no es más que una partitura quemada,
de mí misma,
y de las gárgolas de Notre Dame.
Cuerpos demoníacos,
y sonrisa infernal.
¡Gárgolas!

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