crecía nostálgica entre
las vías del tren.
La rosa suicida nacía
tras mi tobillo,
cuando llegaba el frío.
La rosa suicida,
ansiaba morir entre los dedos,
del poeta.
Y en cambio volvía a la vida,
cuando escuchaba sus delirios
nocturnos.
La rosa suicida quería marchitarse,
sobre la boca del loco.
Quería deshacerse de sí misma
y hacer volar sus pétalos,
en la ventisca.
Y la rosa suicida,
nunca murió.

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