Jugamos con mecheros llenos de más de cien
notas de rencor.
Jugamos con hogueras, hogueras avivadas
por nuestros choques de mirada.
Creamos abismos en el mismísimo infierno,
con nuestros suspiros de despedida.
Nos atrevimos con calderas ardientes,
ardientes de deseo.
El tipo de calderas que tienen todas las brujas.
Y, lo más brujo, siempre será tu espalda.
Y por atrevernos, hasta intentamos jugar
con nosotros mismos.
Porque hemos jugado con el fuego de todas las formas,
habidas y por haber.
Y de tanto jugar, nos quemamos las entrañas,
y acabamos consumidos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario