lunes, 1 de febrero de 2016

Musa número 14. 24 horas.

No recuerdo su nombre, sólo me lo masculló un par de veces al oído.
Perseguía la sonrisa de las nubes.
Cuando las aceras reían por
poder sostener sus pies,
ella seguía al cielo con los párpados cerrados.
Siempre llegaba a su destino.
Aunque su destino cambiaba cada vez
que giraba sobre sus talones para besar al viento.
Tomaba con cuidado y precisión el rosado
del horizonte al amanecer,
y lo colocaba sobre sus mejillas.
Huía de la luz gélida.
Huía de muchas cosas.
De ella misma, de mí, de las sombras y las luces.
Tenía miedo.
¿Y qué mejor manera de huir de algo
que refugiarse en ello para inmunizarse?
Hacía ver a las almas impuras que estaba loca,
destrozada, que no tenía sentido.
No tenía ningún interés en que nadie conociera
sus auténticas locuras.
Nadie salvo yo.


No supe leerte entre líneas. No fui capaz de vomitarte letra a letra lo que pensaba. Yo también quería huir. De veras que lo siento. Lo siento en cada ápice de mi cuerpo tras esas 24 horas que me brindaste. Cuando descifré el mensaje ya las golondrinas se habían marchado buscando su refugio, tu pelo. La bruma densa me nubla la vista. Me aterra ésta incertidumbre. No sé si la herida sigue abierta. Tal vez esté sangrando, tal vez esté ahogándome. Pero sólo puedo pensar en el atardecer y el plenilunio. Siempre odié los finales abiertos. Y por encima de todo; los pájaros que no saben volar.


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