Viento,
viento enzarzado de por vida en mis palabras.
Miedo arraigado en mi mirada,
transformado en ansias por descubrir.
Ambigüedad que se filtra como veneno
para no abandonar jamás la guerra mundial
que sucede bajo los párpados.
Y la luna,
y la luna que nunca se acaba,
y las estrellas que vigilan mis pesadillas,
que observan el frenesí.
Y una bóveda celeste
que eclipsa,
que eclipsa y muerde el alma.
Un canto de pájaros robóticos
cuando cae la noche,
ilusiones y reflejos que confunden,
que confunden y machacan.
Nos tiramos en la nada,
nos protegemos de su frío con
camisas prestadas,
buscando puertas escondidas.
El daño es irreparable, la balanza amor-odio ha reventado, y sus piezas, sobre el suelo, se nos clavan en las plantas de los pies y en la piel bajo las uñas.
Un tren pasa afilando veloz las nubes del amanecer.
Ha sido todo tan fuerte, sucedió todo tan rápido.
Y las sensaciones, que desbocan,
que hielan, que hieren, que van, que vienen,
que desaparecen del todo o no lo hacen jamás.
Y el torbellino que se acerca y que
amenaza con arrastrarnos al barranco,
y quiere pisarnos los dedos y que supliquemos.
Y confusos, caemos
sin conocer aún la mejor opción.
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