Se acerca a paso lento la fragilidad del amanecer, y yo, crucificada aún en el techo.
Y yo, exhalando las ganas de arrancarte la piel y con ello arrancar tu sufrimiento.
¿Acaso tu revuelta mente me ha dicho adiós?
El consuelo de las despedidas no definidas es el sufrimiento más perpetuo, la tortura más insana.
Me electrifica tu respiración cortada, tus dedos que no encuentran la determinación necesaria para rozarme.
10 martillazos en cada una de mis articulaciones por cada sílaba que encerré a conciencia en mi pecho, que acabó reventando y manchando de palabras hasta la más lejana y desierta tierra.
Sigo aquí, y la desnudez de los gritos amargos es lo único que abraza mis costillas.
Y mis ojos brillan con luz fatua cuando puedo andar por tu pelo, cuando puedes admirar mi sonrisa, cuando puedo despojarme de incertidumbres y segundas pieles y permitirte observar mi alma.
Las paredes abrazan tu olor, y ya no sé si dejarme guiar por mis dedos, que ansían unirse a tu nuca sin importar los inconvenientes, o a mis pies, que se dirigen hacia nuevas vidas.
Y yo, intentando expulsar la rabia que se acumula y que soy incapaz de desahuciar de mis entrañas.
Intentando volver a confiar en los latidos puros, intentando vomitar las mariposas negras que me engullen, intentando hasta el último de mis alientos purgarme de tantas sensaciones que me producen tu existencia.
Dos cuerpos bajo un baile de estrellas, que no son capaces de lanzar sus caricias, temblando de impotencia por miedo a recaer en el error, que solo se vuelve a cometer parcialmente.
Dos cuerpos temiendo volver a amarse, tú, repleto de cadenas y candados que sólo el paso del tiempo podrían abrir.
Yo, temiendo no ser capaz de abrirlos, temiendo volver a fallar, temiendo volver a suspenderme en el vacío de tu frío.
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